El 7 de octubre de 1967, tras el avance de las fuerzas biafreñas hacia el Medio Oeste, las tropas federales entraron en Asaba, ciudad de habla igbo a orillas del Níger. Sospechando simpatía por Biafra, los soldados saquearon casas y reunieron a hombres y muchachos desarmados, y luego abrieron fuego. Cientos de personas murieron en un solo día; algunos relatos mencionan cifras de hasta 700.
Los supervivientes cuentan que algunas familias vestían a los muchachos de niñas para salvarlos. Los observadores internacionales, incluidos funcionarios británicos que recibían informes, no intervinieron, y la memoria de Asaba sigue marcando la conciencia igbo. Entre los memoriales hay placas en la iglesia católica de San José y un pimentero plantado por el jefe Emma Awolo sobre la fosa común de sus hermanos.
